Fragmento de Adoradores de la carne
La novata
Incluso con cubreboca, al inspector Sancho el hedor se le pegaba al paladar y a la garganta y hasta a lo más recóndito del cerebro. Tras años de servicio, volvió a sufrir algo parecido a las arcadas. Conocía muy bien el olor a muerte: esto era distinto, era mucho peor. Irónicamente, percibía matices afrutados mezclados entre esa pestilencia, pero cuando su cerebro intentaba retener esos matices, no por gusto sino para identificarlos, sentía algo peor que todos los hedores del mundo. Un dolor que iba más allá de lo físico, más allá del olfato y de la vista y de todos los sentidos.
En su larga carrera jamás se había topado con una escena así. Ni siquiera la vez que se descubrió la cabeza de aquella pobre gitanilla en el alcantarillado de la Cañada Real. Esto resultaba —¡por mucho!— más apestoso y estremecedor. Parecía sacado de Braindead o alguna otra porquería de peli como esa. Se necesitarían tests de adn para identificar a cada miembro de la familia.
—¿Por qué huele tan mal? —le preguntó a uno de los médicos forenses de la Policía Científica. Forrado de pies a cabeza con un mono blanco, el tipo intentaba fijar etiquetas para documentar los restos. La cosa pintaba para largo: había material humano esparcido en cada rincón. Hasta desde el cielorraso goteaba la familia—. No pueden ser solo los cadáveres.
—Todavía no estamos seguros, pero al parecer no es ningún gas tóxico. —La voz salía amortiguada por una gran máscara negra, como las que se usan para pintar. Claramente, aquellas máscaras protegían mejor de la peste que la mascarilla de mierda que le habían dado a él—. No se trata de ningún tóxico conocido, señor. Al menos eso dijeron los de Seguridad Ciudadana.
Si lo dicen los bomberos de Vallecas…, pensó Sancho, y se ajustó mejor la mascarilla de mierda.
—¿Cómo que ningún tóxico “conocido”?
El de la científica se encogió de hombros y prosiguió con su tarea de etiquetar, fotografiar y filmar restos humanos.
El inspector Sancho meneó la cabeza, molesto. Acortando las inhalaciones, se ajustó los guantes de látex y se detuvo a contemplar la escena.
Según los testimonios recién recopilados por los de Seguridad Ciudadana, aquel piso servía de Airbnb. En el primer control visual de la escena, se habían identificado los restos de un neonato, posibles partes de un torso femenino y otro torso del que colgaba la bolsa escrotal reventada. Así que cabía esperar que los occisos fueran turistas que viajaban con un bebé, seguramente una pareja y su hijo.
Sancho rezongó. Papá, mamá y bebé vienen a Madrid a pasárselas bien conociendo La plaza Cibeles, y acaban esparcidos como confeti en una habitación de Vallecas. Sí, señores, los psicólogos y los curas de la tele tienen razón: la familia se está disgregando.
La forense ya le daría sus hipótesis sobre cómo se había ejecutado aquella locura. Pero, de entrada, estaba claro que el responsable se había tomado su tiempo para jugar al charcutero. Por otro lado, para hacerle eso a carne humana viva, habría necesitado una fuerza absurda, y no se observaban rastros de ningún tipo de máquina o herramienta: ni hachas, ni taladros, ni motosierras, ni nada por el estilo. ¿Un animal salvaje? ¿Una fiera escapada del zoo? ¿Quizás un mono? Tendría que llamar al zoo de Madrid, y también comprobar si en los alrededores no había algún circo itinerante ilegal.
El inspector empezó a enlazar ideas, mientras se le erizaban todos los pelos de su robusto cuerpo. La puerta se encontraba cerrada con llave. Era un tercer piso, y la ventana estaba abierta. La famosa jodienda del cuarto cerrado, no en un libro sino aquí, en la espantosa vida real.
Las paredes eran delgadas como papel, lo típico de los edificios modernos. Así y todo, ninguno de los vecinos declaró haber oído o visto nada.
Incluso suponiendo que, en un primer momento, alguno de los vecinos hubiera ignorado los gritos de auxilio de la familia, no había ninguna razón para que ahora declarasen haber escuchado solamente el habitual llanto del niño. Salvo, quizás, que se sintieran avergonzados por su cobardía. Pero, ¿todos ellos podían ser, además de cobardes, tan pudorosos? No, en Vallecas nunca aprendieron siquiera a deletrear la palabra “pudor”.
—Rápido, feroz y silencioso —dijo el inspector para sí. Jesús, aquel caso iba a arrastrar cola. Se le vendría encima una riada de mierda monumental: los flipados conspiranoicos; el público exigiendo detalles para su morbosa indignación; los mandos jodiendo por resultados inmediatos. Además de los putos periodistas, claro, esos no podían faltar, como las moscas a la mierda. ¿Por qué a estos psicópatas nunca se les ocurría destripar a un periodista? Y, para cereza del pastel de mierda, las elecciones a la vuelta de la esquina... Sí, una buena avalancha, olía igual de bien que esta habitación.
Un suspiro le surgió de la cansada alma.
El inspector se fijó en el armario, aún cerrado. Lo abrió: ni ropa ni maletas, sólo algunas cosas de bebé. Se acercó a la cama. Se arrodilló, apoyando la rodilla en uno de los pocos oasis libres de sangre. Vio debajo, bien resguardadas al fondo, un par de maletas. Las arrastró hacia afuera. Rebuscó dentro, y en una encontró un pasaporte… americano. ¡Lo que faltaba!
—¡Me cago en todo! —Todas las cabezas se giraron a verlo. Al inspector lo atacó una marea negra de hartazgo—. ¡Llamen al puto consulado de Estados Unidos! —Necesitaba desfogarse, y rápido—. ¿Quién coño llegó primero a la escena?
Una chica de la Policía Nacional, enmascarada igual que los forenses, se acercó hasta él. Sancho iba a usar los privilegios del mando para cagarse en sus muertos y descargar un poco de frustración. Cualquier motivo era válido: una huella de zapato sobre un charco de sangre, huellas dactilares arriba de la mesa. Ya encontraría algún descuido.
—¿Usted llegó primero? —le dijo.
—Sí, mi compañero y yo llegamos primero, señor.
Sancho pudo oír la amortiguada pero irregular respiración de la mujer policía, y advirtió que sus ojos estaban fijos en el armario, en las cosas del bebé. Empezó a sentir lastima por la chica. Quizás era su primera escena de este tipo... Bah, nadie se topaba a menudo con una escena así. Debía estar desbordada, o a punto. ¿Y quién no? Aquel terrible cuadro de sangre y tripas haría temblar hasta a un témpano como Auguste Dupin.
Todo aquello le aplacó a Sancho las ganas de cagarse en la pobre chica, así que le formuló algunas preguntas intranscendentes, de las que él ya sabía la respuesta. Así justificaría el haberla llamado:
—¿Quién es el propietario del piso? ¿Han podido contactar con él?
—No, señor, ha sido imposible.
La agente pareció recuperarse del impacto inicial, y contestó todas las preguntas del inspector con cierta compostura. Por último, Sancho les recordó a ella y a su compañero que debían ir a declarar ante el juez.
—Eso es todo, agente —dijo, y se despidió con un gesto. La muchacha y su compañero deberían haber aprovechado para huir, y él lo hizo, pero ella no. Se quedó parada frente a él, mirándolo como a una celebridad. A Sancho se le vino a la mente el jodido escándalo de los nigerianos, y como lo habían machacado los putos periodistas. Sobre todo, el tres veces hijo de una grandísima puta, el tal Miguel Pastor. Ese cochino había hecho rodar su cara en cada cochina portada de su cochino periódico. El inspector frunció el ceño, seguro que de ahí lo reconocía la mocosa esa.
—¿Está usted bien? —le dijo, retomando el tono hostil, y con la mandíbula apretada como buldog—. ¿Quiere decirme algo, agente?
—¿Puedo hablarle luego, señor?
El inspector soltó un gruñido de aquiescencia.
Saliendo del edificio, a Sancho lo cortó un navajazo de frío. Antes de refugiarse en su Land Rover, una hermosa morena uniformada se le acercó y le habló tímidamente. El inspector se sorprendió al escucharla hablar: era la misma agente con la que había hablado en el piso, aunque ahora sin máscara. No se trataba de una belleza clásica a lo Isabel de Pomés en La torre de los siete jorobados, o una exquisita criatura indefensa como la Jodie Foster que le despertaba el hambre a Anthony Hopkins, pero era muy mona.
—Agente…
Sancho cayó en cuenta de que no le había preguntado el nombre.
—Carmen, señor. —Ella le ahorró la incomodidad de preguntar—. Me llamo Carmen Salgado.
—Agente Carmen Salgado —dijo Sancho, no mucho más amable que durante la primera conversación—, ¿qué quiere?
—Bueno, señor, en realidad…
Carmen se quedó oscilando en los puntos suspensivos. Sancho notó sus mejillas enrojecidas. ¿Era por el frío? ¿O acaso...? A Sancho lo incomodó. Por muy mona que fuera la muchacha, a él no le gustaba perder el tiempo en jodiendas. Movió la cabeza, impaciente.
—Señor —dijo ella al fin—, quisiera unirme a su grupo para investigar este crimen.
Sancho alzó sus peludas cejas.
—¿Algún motivo en especial? ¿Conocía a las víctimas?
—No, señor… —Carmen se ruborizó aún más.
—¿Tiene relación con alguien que conozca a las víctimas?
—No, señor, verá, yo es que…
¿Cómo coño se había hecho policía aquella mocosa? Las políticas de inclusión habían ido demasiado lejos: ya aceptaban a cualquier animal a dos patas, mientras no tuviera rabo.
—¿Es que qué?
—Verá, el hecho es que este año quiero asistir a las oposiciones para inspector y…
Carmen siguió explicándose, pero desde “oposición para inspector” él ya se había preparado para mandar a la guapetona esa muy burocráticamente a la mierda, al estilo Sancho Córdoba.
—Mire, agente Sal-ga-do —empezó Sancho, arrastrando deliberadamente cada sílaba—, mi equipo no es ninguna puta escuelita, y yo no soy ningún puto profesor. Y lo que hay allá arriba, en el tercero —señaló arriba, al edificio— no es ningún puto proyecto de artes escénicas. Así que búsquese otro grupo de amigos con tiempo para perder. ¿Entendido? Bien, gracias. Vaya con Dios.
Aunque la mona sin rabo —al igual que antes, allá arriba en el matadero— parecía mantener la compostura, Sancho supo que le había encajado un buen golpe en la moral. Habrase visto: ni que él fuera niñera de nadie. Ya tenía de sobra con los inútiles que le endilgaban de tanto en tanto cada mes.
Dio el tema por zanjado, y se encaminó hacia el todoterreno: el puto frío era una piraña en los cojones. Ya abría la puerta para subirse, hasta que escuchó de nuevo la suave voz, esta vez mucho más resuelta:
—Señor, tengo una hipótesis.
Sancho frenó en seco y se giró hacia ella. Qué tipa tan pesada. ¿Por qué coño insistía?
—Imagino que ya ha pensado en la posibilidad de que se trate de un animal, pero es imposible…
¿Era una referencia literaria? ¿También había leído a Poe? Encontrarse a un policía lector de Poe, o de cualquier otra cosa, era poco menos que un milagro.
Carmen se puso a detallar algunas especulaciones, y dudas, bastante razonables. A Sancho lo sacudió su instinto de perro viejo: qué guapetona más rara, no sonaba a mono sin rabo. Quería escalar, sí, ¿quién no? Pero el órgano que iba a usar, aparentemente, era el cerebro.
En fin, ¿qué más daba? El equipo de Sancho era uno de los más sobrecargados de trabajo, y conseguir a gente competente —o incluso levemente incompetente— era más difícil que estornudar con diarrea. Cierto, la fama de Sancho no era la mejor. Lo consideraban insoportable, y él se enorgullecía de serlo. Y después del escándalo de los nigerianos, se había vuelto más radiactivo que Chernóbil. Sabía que entre los compañeros lo habían comenzado a llamar “El contenedor negro”, porque siempre le echaban toda la mierda a él. En fin, ¿qué le hacia otra mancha más al tigre?

Francis García Reyes. Más textos · Sobre Adoradores de la carne
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