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Francis García Reyes

Fragmento de Tito Roque

Agúzate

Tito Roque se lanza a recortar la distancia: busca el cuerpo a cuerpo, el maldito se le escurre entre los puños. ¿De cuántas onzas eran aquellos guantes? Él apenas era capaz de mantener la defensa alta. Los ojos le ardían, le picaba el sudor. Y no veía más que centellas y tinieblas como las que sólo producen unas buenas trompadas. Sentía mil agujas hundidas en cada músculo, y una sed que ni un océano saciaría.

Su juego de piernas era perfecto. Bueno, casi perfecto. Lo había pulido desde carajito, y en el bending nadie lo superaba. Pero ahora los pies están como trabados, la cadera es la de un viejo.

No seas un rolo e’ pato. La voz retumbó en su cráneo de vértigo. Nadie pagó para que ahora te pongas a correr y a bailar sobre el ring.

La voz era la suya: su propio eco en torbellinos.

El otro es una sombra, tan rápido como llegó a ser Tito mismo de joven, y le responde con una contundencia pétrea. Aquellos puños le hieren, le destrozan los riñones y el hígado: siente que la sangre rebosa cálida de sus tripas. En su pecho duelen más, son más crueles los golpes. Un tipo duro, el coñoemadre. Cuando a uno le machacan así la panza y las costillas, sabe que no está peleando contra cualquier mamón salsero. A cada expansión, su corazón amenaza con reventarlo todo, con inundar de negra sangre el estadio y las calles aledañas.

Espabila, m’hijo. Si te dejas noquear, se acabó, pana. Que ni te cuenten.

¡¿De cuántas onzas son estos guantes?! Aprietan demasiado, no dejan lanzar el jab, y él no puede mantener la distancia.

A este casino vienen los más fuertes. No nos gustan ni los llorones ni los maricas. Dios odia a los cobardes.

Muerde con fuerza el bucal y balbucea como puede:

—Nh eh equivoque, hijoshs lagranputas: shoy el másh peligrosho del barrisho, el mejorsh libra por libra, paund per paund.

Así me gusta.

—Ssoy intocable, mash que’l principe Hamed. Losh gringosh llaman uidoumeiquer a mish gnchos al jigado; hashah en el Retén de Catia lesh ’tehmen a mish jabs, y mi deresha esh un mishil.

Pero por dentro Tito está aterrado, y se desplaza de esquina a esquina en el ring y de lado a lado como un abuelo chocho: huye. ¿Por qué está ahí, cómo fue a parar a ese infierno de sangre y costillas rotas, delimitado por sogas mugrientas? No es más que un abuelito. ¡Un abuelito enclenque! Aun así, aprieta bien los puños. Usa todas sus fuerzas para levantar los guantes y cubrirse la quijada. Abuelito, no te cagues en los pampers.

Pero Tito toma coraje y se echa sobre el rival y le lanza sus mejores combinaciones, las más creativas: jabs, paso lateral, crochet, cross de izquierda, bending, paso hacia atrás, uppers, gancho al cuerpo… Busca esa señal, esa abertura para meterle una contraderecha. Pero el otro lo esquiva, y le acierta con todo al pecho.

Tito Roque cae de boca pa’ la lona. Intenta reponerse. El público estalla eufórico, y una marea de aficionados inunda el cuadrilátero. Tito sabe que puede hacer algo más. Quiere hacer algo más. Necesita hacer algo más. Llama con desesperación a sus segundos, porque ya no sólo los guantes, sino los calzones y las botas le abruman y le aprietan.

Grita que no detengan la pelea, que saquen al público, que le dejen levantarse, que le quiten esos guantes y le den unos nuevos.

—¡Se acabó, chamo!

—¡Noh!

¡Tucuntucuntucuntucuntucúúúnnn! Las palpitaciones no lo dejan reponerse.

Un grito seco lo sacude, le perfora los oídos y le rasga la garganta.

Lo aplasta la multitud, el peso de los guantes lo hunde.

Las manos vendadas del Enemigo le dicen:

No va a haber revancha, se acabó. ¿Quieres el cinturón de campeón? ¿Lo quieres?

Le pone sobre la cabeza aquel cinturón de cuero verde y hojalata dorada. 198.6 libras le hunden la cara contra la lona.

Estás frito, Tito. Tucuntucuntucuntucuntucúúúnnn. Tu corazón es una bomba que amenaza con reventar el universo mundo. Una bomba tan efectivamente letal que sólo aparece en pesadillas como esta, pesadillas provistas por mí. Y ustedes terminen eso: no hace falta ni la cuenta contar.

Guerrero de corazón, siente que la realidad de la edad le cae encima como un balde de ácido que le arruga más todavía la cara, las manos y el alma.

Aron Pryor versus Alexis Arguello
Aron Pryor versus Alexis Arguello

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